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SOLLOÍNA

Serbios, bosnios y andalusíes

En Andalucía resurge periódicamente lo que suelo llamar el espíritu serbo-bosnio. Es decir, tensiones territoriales alentadas por localismos más próximos al nacionalismo étnico que a reivindicaciones igualitaristas más o menos legítimas. Superadas en la Transición las tentaciones de dividir la comunidad en occidental y oriental y las leves disputas en torno a la capitalidad de Sevilla, hay provincias, más bien capitales, cuyos ciudadanos se odian, se desprecian y se desean toda suerte de mal fario entre sí, más allá de las habituales y energúmenas trifulcas deportivas, animados por una rivalidad ficticia que sólo contribuye a la propia mediocridad.
El hegemónico PSOE de estos 25 años, gestor de relevantes adelantos económicos y sociales, ha sido incapaz de superar no sólo las carencias lacerantes de muchas comarcas andaluzas, sino de propiciar un desarrollo equilibrado de toda la comunidad autónoma que evite agravios y abandonos, mientras ha ondeado en ocasiones exigencias pueblerinas para no perder o garantizarse algunos votos en la peor estela populista. No le ha ido a la zaga el PP, empeñado en horadar el muro socialdemócrata con embestidas ralas unas veces, y fomentando inconsistentes quejas locales en otras, sin ofrecer nunca una alternativa creíble, sobre todo en las aún numerosas capas rurales, donde se les asocia todavía con caciques y terratenientes, cuando no con especuladores de toda laya.
Mientras las zonas del interior permanecen a expensas de planes de empleo, ayudas de Bruselas y adversidades climatológicas, como llaman ahora a las heladas, sequías y pedriscos, sorprenden las pobres lamentaciones y exigencias altivas de las áreas más desarrolladas que reaccionan como ofendidos caballeros duelistas por un quítame allá esta variante de carretera, esta línea de metro o esta subvención. La estrechez de miras y la cobardía y el oportunismo políticos han impedido en los últimos años el proyecto de fusión de todas las cajas de ahorro andaluzas en una entidad capaz de competir con Cajamadrid, gobernada por el PP, y La Caixa, entonces en manos de los nacionalistas catalanes, a pesar de recibir el respaldo del, al parecer, no tan todopoderoso Gobierno socialista regional, frenado en sus ansias por sus propios virreyes provinciales, temerosos de perder apoyo electoral -y más de un sueldo- ante la demagogia cerril de los populares, que clamaban la posible pérdida de poder local a favor de la vorágine controladora del PSOE. Ahí siguen, aunque ahora se trata de sortear las reticencias de serbios y bosnios con la creación de un banco común que administre las inversiones de las cajas.
En este peligroso juego del espíritu serbo-bosnio participan, junto a los partidos y otras instituciones locales, animando a la claque autóctona, los medios de comunicación, majorettes de bastón en liza tanto para denunciar la supuesta tropelía de unas diferencias de céntimos en los presupuestos como para golpear al político tibio que no amenaza al primer envite con sacar las huestes a la calle en demanda de lo que se considera propio y no concedido por oscuras fuerzas que priman al vecino despreciado. He aquí dos ejemplos de la primera página de un periódico de Sevilla, ayer:
“La Junta se cuestiona más líneas de Metro en Sevilla pero proyecta 3 en Málaga”.
“Málaga gana enteros frente a Sevilla para albergar el banco de las cajas de ahorros de Andalucía”.
Más un editorial chorreante de agravios bajo el titular “El doble Metro de la Junta andaluza”.
Es la respuesta del Diario de Sevilla a la persistente y exigente lupa de las autoridades y colectivos ciudadanos malagueños a cuanto tiene relación con la capital de la autonomía, trapicheando todos con un revoltijo de números que llevó a un consejero del Gobierno regional, malagueño por más seña, a trabucar las cuentas presupuestarias para asegurar que allí se invertía más que aquí. El lío sólo terminó en lío.
Pero es peor. El Diario de Sevilla es una de las ocho cabeceras del Grupo Joly, que se jacta de ser la primera empresa editorial de capital íntegramente andaluz, lo que –se supone- debería obligarla a tratar con especial esmero cuanto afecta a la cohesión territorial para mantener una política informativa coherente, ajena al albur de las contingencias partidistas y del vulgar populismo para hacer caja en el quiosco de cada capital. Lo valiente sería ofrecer estas informaciones en el Málaga Hoy, de la misma compañía de comunicación. Con todas las consecuencias, pero también con toda la pedagogía ciudadana que el caso requiere. Pero no. Allí expanden el ego: "Málaga gana enteros para albergar la sede del banco andaluz". Y serbios y bosnios sangran por las heridas, cada cual en su trinchera.
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