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SOLLOÍNA

Referéndum constitucional

Habrá que votar. Por el (buen) talante. Otra vez. Me gustan las consultas sobre cuestiones concretas frente a los que propician una democracia taimada e indirecta. Me gusta ejercer el derecho de depositar mi opción en una urna. Y que luego se cuantifique y se decida quién vence porque obtiene el respaldo mayoritario de la ciudadanía. Me conmueve la convicción con que lo hacen los mayores (los más mayores, quiero decir). Si les preguntas el motivo, suelen responder con cierto enojo, por obvio, que ya estuvieron tiempo sin poder elegir. La voluntad popular le llaman, y aún con todas sus deficiencias y manipulaciones, es el mejor sistema (real) que la humanidad conoce para convivir y desarrollarse en paz.

Votemos pues el domingo en el referéndum sobre la Constitución Europea. Una convocatoria cuya necesidad cuestionó la derecha hasta que hizo cálculos mercenarios sobre cuánto rédito político podría sacar de un resbalón gubernamental. Ahora juega al doblez. Su expresión política, el PP, defiende un sí miniaturizado, de boca pequeña, relativizando motivos y consecuencias, y responsabilizando a ZP de lo que pueda ocurrir. La mediática, intelectual y religiosa (¿será un oxímoron esta tríada adjetival?) aboga por el NO. A veces a gritos, a veces a susurros. Para erosionar a la socialdemocracia talentosa y hacerle pagar la afrenta del 14-M.

En el PSOE y el Gobierno sólo Zapatero, el hombre que siempre parece feliz, muestra aires de confiar en el éxito de la empresa hasta esforzarse con denuedo en convencernos de la Arcadia que nos aguarda tras la promesa de la Carta Magna europea, a pesar de que sus aliados en el frente interno –IU y ERC- son los más firmes y poderosos partidarios del No. El galimatías se completa con el Sí del PNV y CiU y el No de EA (Eusko Alkartasuna), socio de Gobierno del PNV.

Los medios de comunicación oscilan entre pseudo informes propagandísticos, publirreportajes y divos dicharacheros en el columpio de la columna o la tertulia, aliñados con un europeismo de salón, intereses por confesar y cuentas pendientes. Pero nadie hace demasiado caso, tan ensimismados en luchas político-empresariales, mientras cavan las trincheras para la próxima batalla.

Igual de falsas son las proclamas sobre el conocimiento o no de la Constitución que vamos a votar. Es como preguntar cuántos se habían leído los programas electorales de los principales partidos que concurrían a los comicios del 14-M. (Es más: pregunten a sus militantes). O si tienen remota idea, más allá de una ligera noción de derechos y deberes casi siempre incumplidos por parte y parte, de la Constitución Española, o de su Estatuto de Autonomía, o de la ordenanza de impuestos municipales.

Coartadas al margen, este referéndum nos lleva del posibilismo a la utopía. En ambos lados encontramos argumentos para el Sí y el No. A favor, porque es verdad que vivimos en el mejor de los mundos posibles conocidos, el occidente democrático, a pesar de todo; porque se abre una puerta histórica con 25 países que han superado guerras fratricidas de acuerdo en unos principios básicos de convivencia; porque nos reconoce unos derechos y unas posibilidades al alcance de muy pocas naciones, como hemos sabido aquí mismo hasta hace no mucho (que veinte años no es nada, dice el tango). En contra, porque esta Norma tiene muchas lagunas, un origen sospechoso y mercantil, un aire descafeinado y economicista que sólo beneficia sin comprometerles a los negociantes, y un tufo a incumplimiento tan alto como en casi todas las constituciones que en el mundo han sido; porque consagra un capitalismo salvaje y globalizador, aunque tan consolidado y victorioso que probablemente no necesitara siquiera de esta regulación insuficiente; porque en clave local ZP y sus muchachos necesitan un meneo para que se dejen de buen rollito y se pongan a gobernar.

Con mi voto sin decidir, reconozco que el rechazo a la Constitución me causa más reparo entre otras cuitas por el sarpullido mental que brota de la mezcolanza de siglas, de ETA a la ultradercha cerril, del PCE a Jiménez “Lozanitos”, con el inquietante fondo de ciertas figuras relevantes de la Iglesia Católica que han exigido sin éxito un reconocimiento explícito de sus creencias en esta Norma, y con coincidencias tan lamentables como esa valla de los comunistas que sobre un fondo rojo muestra un enorme NO en amarillo, crisol de patriótico colorín sin reivindicación republicana, al menos hasta el domingo.

Hasta entonces, lee textos más atractivos, que no menos profundos, sigue con distanciamiento la campaña, sosiega el ruido en derredor y, llegado el momento, acude a tu mesa electoral y vota. Con alegría, con libertad, con decisión. Es tu derecho.
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