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SOLLOÍNA

El Estatut y el efecto Piqué

Son tan torpes como para convertir el necesario debate sobre el Estatut en el caso Piqué. Son tan ultras que no pueden consentir el centrismo del político de la derecha catalana, dispuesto a negociar la reforma pactada por PSOE y CiU. Son tan suicidas que lo que les interesa de España son sus cuentas, sus despachos, sus influencias, y esa idea cainita de lo que consideran propio.

Gritaron tanto lo de la España rota, lo del anticonstitucionalismo, alarmaron tanto sobre lo divino y lo humano, y desde un nacionalismo tan rancio como el que dicen combatir, que ahora sólo les quedan trazas de contables que enfrentar: financiación, planes de inversiones, PIB y una nación pequeñita, colgada de un preámbulo absurdo, pero que parece satisfacer las ansias identitarias del Tripartito (cuatro, si se suma ERC). Lo ha escrito uno de sus nuevos gurús: "Cataluña es una financiación". Y a ella se apuntan peperos de Baleares y Galicia, socialistas de Andalucía y Castilla La Mancha y autonomistas canarios. Hasta Ibarra dice que, en la democracia, lo que ha beneficiado a uno ha terminado favoreciendo a todos. En esas andan y andarán. Mientras, Rajoy y la cúpula del PP aspiran a gobernar el país sin hablar con nadie más que con los suyos, sin oír a nadie, casi ni a los suyos, desde la marginalidad en Cataluña,  camino de ella en el País Vasco y con 20 años de oposición en Andalucía.

La verdad, entre recios castellanos tipo Aznar y atildados catalanes tipo Durán i Lleida, no hay color. (Aunque, de poder elegir, uno prefiera otra cosa). Se han dado cuenta hasta en The New York Times.

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