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SOLLOÍNA

Marías se defiende

¿Se imaginan a alguien publicando a los cuatro vientos que el trabajo de toda su vida ha sido un sinsentido? Seguro que no, masoquistas al margen. Tampoco lo hizo el pasado fin de semana Javier Marías en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, "Sobre la dificultad de contar" [El País, PDF], en el que defendió su labor de novelista en un apasionado alegato en favor de la ficción:

* [El novelista] "es el único facultado para contar cabalmente, a diferencia de los ya mencionados cronistas, historiadores, biógrafos, autobiógrafos, memorialistas, diaristas, testigos y demás esforzados de la narración abocados a fracasar".

 

* "Necesitamos saber algo enteramente de vez en cuando, para fijarlo en la memoria sin peligro de rectificación. Necesitamos que algo pueda contarse a veces de cabo a rabo e irreversiblemente sin limitaciones de zonas de sombra o sólo con aquellas que el creador decida que formen parte de su historia. Sin posibles correcciones ni añadidos ni supresiones ni desmentidos ni enmiendas. Y lo cierto es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles principio y fin lo que nunca ha sucedido".

* "¿Por qué estamos familiarizados con seres que no han existido, en mucha mayor medida que con los que sí cruzaron el mundo y pudieron dejar su huella?"  "Quizás sea eso lo más llamativo: que las figuras históricas parezcan borrarse y desaparecer para la gente en general a menos que un literato, o también hoy un cineasta, se molesten en imaginarlos y ficcionarlos".

 

He leído, y valorado, casi todo lo publicado por Marías –y antes por su mentor Juan Benet. Es uno de nuestros mejores novelistas y un sagaz columnista. Pero ahora mis inquietudes quedan lejos de la ficción, aunque el respeto juvenil me impida alcanzar la tarea de demolición de Arcadi Espada. La novelería no me sirve para entender este mundo. Ni siquiera para aproximarme más allá del frescor de la playa.  

La sentencia más feroz contra "contar cabalmente... lo que nunca ha sucedido" la dicta el propio Espada al reproducir en su blog, con toda intención, un viejo artículo -"Un veneno infesta la literatura", en el que cita profusamente "Contra la imaginación", de Christophe Donner:

 

* “El escritor menosprecia la verdad y la hace pasar a un segundo plano, su trabajo principal consiste entonces en saber cómo no debe usar su libertad. Dicho de otro modo: qué estilo fabricarse. El mérito retrospectivo que se concede a las grandes obras no reside nunca en sus cualidades imitables, útiles para su arte, sino en la audacia que se reconoce a la mirada del artista sobre su época. Esta audacia, que tiene poco que ver con el estilo, contiene un ímpetu que puede venir de la irritación (Céline), o de una insumisión discreta, pasiva, como de un flirt con la neurosis (Kafka), pero es siempre en último término esta audacia inimitable la que determina la grandeza de estos escritores”.

 

* “La transcripción de lo real no es una obsesión estilística, y aún menos, la fuente de una corriente literaria, sino que se trata de la esencia misma del arte, del deber de la literatura. Porque es de nuestra existencia de la única que puede dudarse en el interior de lo real. Y el arte está incansablemente obligado a confirmar nuestra existencia allí. Se trata de un trabajo noble y sin fin”.

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