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SOLLOÍNA

"¿Dónde está mi hijo?"

15 personas muertas, de las que nueve son niños de entre uno y cuatro años; cuatro heridos graves, de ellos un bebé, y una mujer embarazada, que ha perdido al hijo que esperaba.

Es el balance de la dramática travesía de un grupo de inmigrantes que trataban de llegar a la costa de Almería en una patera. El relato de los supervivientes, contado por los miembros de Cruz Roja y los psicólogos que los han atendido, es estremecedor. De cinco a 16 días, según las fuentes, estuvieron a la deriva, sin motor. Se fueron quedando sin agua ni comida. A los que morían los tiraban por la borda. Otros pudieron caerse al mar, sin fuerzas para sostenerse en la embarcación. Así hasta quince. Catorce más desaparecieron en las mismas aguas hace tres días.

La mañana ha sido dura. Como el soniquete de las letanías habituales sobre las mafias de la inmigración y el hambre en África, la aspiración legítima a una vida mejor y los necesarios controles fronterizos. En algunas voces late el espantajo de la directiva europea de la vergüenza, que criminaliza al inmigrante pobre. En otras, la (mala) conciencia de quien levanta la muralla y se muestra compasivo con el moribundo del otro lado.

No hemos avanzado mucho desde aquel "teníamos un problema y lo hemos solucionado", de Aznar. Es más, retrocedemos. La vieja europa conservadora endurece sus garras para mantener los privilegios. La isla socialdemócrata española toma una de las banderas más querida de la derecha y se afana en colocar ladrillos y alambradas mientras juega al despiste con el lenguaje.

La vergüenza también es progresista. Como fueron los sueños de los que zarparon en una patera que llegó a destino envuelta en una pesadilla.

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