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SOLLOÍNA

¿Qué hacer con Arcadi Espada?

Leerlo. Y si se disiente, rebatirlo.

La más notable definición de objetividad que conozco es ésta, que el periodista e intelectual reitera en Periodismo práctico, su último libro: "La objetividad, ese misterio, no es nada más (¡nada más!) que la posibilidad de describir los hechos con independencia de las convicciones".

Y más: "Alan Finkielkraut, en El País: <<Yo comparto la idea de Hannah Arendt de que no existe libertad de opinión si no se sabe mantener la diferencia entre hechos y opiniones. La libertad de opinión son discursos distintos sobre el mismo relato, no una infinidad de relatos sobre un mismo hecho>> (...) El desprecio por la verdad y la inutilidad del esfuerzo, vivamente representados en nuestro periodismo, también son, a mi juicio, las principales herencias del franquismo, y están mucho más vinculadas entre sí de lo que parece".

Hay quien me reprocha cierta Espadaadicción, situada en el ámbito de mis muy personales "pajas mentales". Hay quien apela a discrepancias políticas, que existen y se acortan con frases certeras («¡Es que de lo que yo entiendo es de socialdemocracia! No sé si es de lo que merece la pena entender, pero es así: es en sus hipocresías y en sus debilidades en las que me reconozco») y hechos tozudos. Hay quien repasa con guantes -y jamás compra- el periódico en el que escribe.

Pero en sus columnas, en su blog, en sus artículos y libros (desde Raval a Diarios o Terrorismo), el profesor Arcadi Espada siempre aporta un novedoso punto de vista, una idea original, un autor por descubrir, como hiciera con Pinker, Dawkins o los promotores de la Tercera Cultura, a lo que suma su saludable, aunque injusto a veces, desdén por la ficción y, sobre todo, por la entronización literaria de la novela.

Para un periodista con años de principios y prejuicios propios de cuando entonces, como yo, la lectura de Espada es un descubrimiento constante, un aprendizaje diario, un reto intelectual. Tanto como su decálogo para escribir necrológicas ("10.- Y dado que en algún caso, aunque escaso, el muerto se ha levantado y ha leído, escriba usted siempre con las precauciones del que espera réplica") o la pregunta definitiva sobre esta profesión: "¿Qué hacer con la muerte del periodismo? Dar la noticia". Mientras así sea, dignifiquemos el oficio y contemos “lo que está pasando”.

Lo escribió Rafael Mainar en 1906 en El arte del periodista, en cita que tomo de Jordi Bernal, a propósito de su nota sobre Periodismo práctico:

Cuando ya no haya adelantos que propagar, injusticias que denunciar, débiles a quienes amparar , fuertes a quienes contener, entuertos que enderezar, aspiraciones que defender, teorías que discutir, verdades que investigar, leyes que combatir y hombres que mejorar… Entonces, el último periodista escribirá esta gacetilla: “Para dedicarse a la felicidad de vivir deja de pertenecer a la redacción de este periódico, don Fulano de Tal, que era su único redactor”.

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1 comentario

verve -

Claro.Creer que intelectual y periodista es lo mismo, no es solo un error, es una boutad.
Lo de la objetividad que dice usted: mire, eso sólo lo podría decir un comisario, o un eclesiólogo.
Hay que ver para creer.
El tiempo pone a todo y todos en su sitio.
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