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SOLLOÍNA

Un gesto literario

“Para Pepa y Manuel, este libro que a punto estuvo de quedarse en un cajón. Ellos dirán. Saludos. Javier Marías”. (Dedicatoria del autor en el ejemplar que poseo de “Los enamoramientos”).

“En realidad cualquiera nos puede aniquilar, de la misma manera que cualquiera puede conquistarnos, y esa es nuestra fragilidad esencial”. “Nunca hay certeza de nada que no venga de nosotros mismos, y aún así”. (Los enamoramientos).

La decisión de Javier Marías de renunciar al Premio Nacional de Narrativa que concede el Ministerio de Cultura ha motivado el habitual debate patrio sobre poses, envidias y literatura. Las reacciones oscilan entre los que consideran al autor un héroe nacional, como Álvaro Romero, y los que se mofan de su personalidad arrogante, como las chicas de la Patrulla de Salvación, pasando por los que circunscriben la polémica al ámbito de la comedia de la literatura, como Marcos Abal en Jot Down.

A nadie le amarga un dulce y no están los tiempos para según qué heroicidades, desde luego,  pero tengo para mí que a Marías no le hacen falta los 20.000 euros del galardón ni la publicidad con que ha aireado su gesto. Y si es vanidoso, algo relamido y un poco estirado, como a veces transmiten su imagen y sus textos, tiene motivos sobrados para ello dada su carrera literaria –basada en una enorme capacidad de conocimiento, trabajo y talento-. Y lo más importante, nada de eso tiene que ver con la extraordinaria calidad de su obra. Los críticos más exigentes coinciden en que “Los enamoramientos” fue la mejor novela publicada en España en 2011 hasta el extremo de poner de acuerdo a los suplementos literarios Babelia, de El País, y El Cultural, de El Mundo. No tengo opinión profesional, pero como lector me gustó mucho, aunque entiendo que queda lejos de su antecesora, la trilogía “Tu rostro mañana”, y por detrás de otras ficciones suyas anteriores.

Envidiar a un escritor así, como confiesa el periodista palaciego Romero Bernal, no es pecado; es un acto de realismo, y no sólo por la poderosa referencia intelectual de su padre. Javier Marías fue íntimo amigo de Juan Benet, que le llamaba “el joven Marías”, y su grupo, en el que se codeaba con gentes como García Hortelano, Vicente Molina Foix y otros de similar enjundia. En 1971, con apenas 19 años, publicó su primera novela, "Los dominios del lobo", y así hasta las recientes ediciones de “Mala índole”, una colección de cuentos, y “Vidas escritas”, un perfil de destacados escritores.

Dio clases en Oxford, fue Premio Nacional de Traducción, tiene un considerable prestigio en toda Europa –donde, por cierto, sí ha recibido y aceptado relevantes premios privados y gubernamentales-, es miembro de la Real Academia de la Lengua –lo que requiere de trajines y conciliábulos: Caballero Bonald, por ejemplo, no consiguió los apoyos necesarios que sí obtuvieron Cebrián y Anson, entonces directores de El País y ABC, respectivamente- y su nombre ya entra en las cábalas del Nobel.

En un país tan cainita como España no le pueden faltar a Marías (como antes a su mentor Benet) enemigos feroces que arremeten hasta el derribo contra sus aires de intelectual progre permanentemente ofendido, sus ambiciones no(bel)escas y su estilo artístico, y cuestionan hasta destriparlas todas y cada una de sus novelas con argumentos no menos altivos que los del protagonista. El colmo ha sido esta escenificada renuncia al Premio Nacional de Narrativa. Yo también le elogio la coherencia de mantener la palabra dada hace años, aunque la parafernalia utilizada me parece excesiva si lo que quería anunciar era solo que devolvía el reconocimiento y las monedas que le acompañaban. Intuyo que además pretendía colocar su figura en el parnaso de los justos y dar un aldabonazo contra la política cultural del Gobierno (que no es que no se lo merezca, dicho sea de paso), amén de desairar a cuantos españolitos minusvaloran el sugerente atractivo de su estilo y la palmaria calidad de su obra.

Con todo, Marías bien podría haber aceptado un premio que viene avalado por un jurado integrado por prestigiosos estudiosos y literatos. Uno de ellos, el escritor Marcos Giralt, que ganó el año pasado, reprendió el rechazo: “Con esto contribuye a devaluar uno de los pocos premios que, con equivocaciones y aciertos, no están vinculados en España a intereses editoriales. Siento tristeza por quien podía haberlo ganado en su lugar”. Pienso también que escritores de la talla, la integridad y la excelencia de Sánchez Ferlosio, Juan Marsé o Muñoz Molina respondieron consecuentemente en su día cuando aceptaron la recompensa del Cervantes o este mismo Nacional de Narrativa.

Asumo, pues, lo que ya dejó publicado Andrés Trapiello en la lejana fecha de 2 de diciembre de 2004 1994, supongo que a propósito de otra altanera polémica, a la que tan dado somos por estos pagos: "¿Por qué razón, pues, cuando se le concede a uno de ellos un premio lo acepta (en general) y no lo rechaza? Sin duda porque los escritores son sensatos y en el fondo, sí, humildes. Hacen bien aceptándolos. Incluso diría que es su deber. ¿Por qué razón? Porque un escritor sabe que rechazándolo sería aún más injusto que recibiéndolo.- La vanidad de ese rechazo será siempre superior al orgullo de aceptarlo, y mucho mayor el ruido, el escándalo, la batahola que produciría su salida de escena. Los mutis deben ser silenciosos y un escritor de verdad ha de tender al silencio. Por eso, por silencio, debería aceptar algo que sabe injusto, incluso algo que le repugna moralmente. Al Estado, si en verdad le preocupa como dice la literatura y los escritores, sólo le queda, si aún conserva algo de decencia moral, suprimir esos premios que al final no son más que una manera desdichada. de confundir la literatura con una cantina en la que se puede entrar como los forajidos, pegando tiros a diestro y siniestro y gritando: ¡Viva la juerga!, sin saber si los que estaban allí pacíficamente tienen ganas de ella".

En cualquier caso, la única juerga que perdurará es la de la buena literatura, y esa la tiene ganada, para siempre y por fortuna para sus entregados lectores, Javier Marías. Con o sin  premio.

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