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SOLLOÍNA

El último rojo

Hoy, a las 13.00 horas, en el Teatro Español de Madrid, van a rendir homenaje a Eduardo Haro Tecglen, quien se nos ha muerto bajo el runrun de las teclas, en la trinchera, como anunció su viuda, Concha, en la web que la familia le regaló por su 80 cumpleaños. Su último artículo, titulado El otro Estatuto rechazaba la regulación de la profesión periodística que se debate en el Congreso. Era una oposición izquierdista, contra el Poder, de alguien que sufrió el carné franquista para ejercer y ganarse la vida.

"Con respecto a este estatuto, naturalmente menos fascista que aquél, puedo decir que me siento molesto de una manera general. Un periodista no debe tener más ni menos obligaciones que una persona cualquiera: las laborales deben estar regidas por los acuerdos de su sindicato y sus patronos, en este régimen, y las de la posibilidad de escribir no deben tener más límites que los del Código: es decir, lo que pesa sobre cualquier ciudadano. Como la libertad de prensa no es un derecho del periodista, sino del ciudadano: el periodista es quien la trabaja hasta el punto en que le dejen, y eso no lo va a resolver un estatuto, por muchas cláusulas de conciencia que establezca".

De este asunto, el del Estatuto en cuestión, me ocuparé en otro momento. Ahora prefiero recordar la descripción  que hacía Manuel Vicent de Haro Tecglen. Le comparaba con un soldado japonés, el último rezagado, perdido en la selva de Birmania, que disparaba a todo lo que se movía sin saber que la guerra había terminado hace… ¡más de 60 años! Así ha continuado hasta el final, con la palabra afilada frente los desmanes de la derecha, de los poderosos, con el gesto desconfiado hacia los suyos y el escepticismo de quien ha vivido demasiado y ha sobrevivido a un siglo esperanzado y terrible. Arcadi Espada, en una hermosa despedida, dice que “sólo hablaba de la guerra civil”. Nunca perdonó aquella derrota y sus nefastas consecuencias de cuatro décadas de dolor y cárcel. Le gustaba llamarse rojo, en un intento de aunar y superar en el presente las rencillas y los odios de aquellos perdedores.   

En su última etapa, los jerifaltes de El País le exiliaron a las páginas de televisión. Alguna vez se quejó de ello con cierta amargura. Pero desde esa esquina de “Visto/oído”, el autor de El niño republicano se vengaba a diario con malicia, profundidad de análisis y un inquebrantable izquierdismo de cuantos le habían orillado desde dentro de “su” periódico y se enfrentaba a tanto plumífero de la España negra y castiza contra la que tanto luchó.

 

Más allá, o más acá, de consideraciones ideológicas, incluso sus críticos más despiadados, -y eran muchos, como hemos comprobado estos días-, han tenido que rendirse a la prosa de Haro Tecglen: lo mejor y más innovador del columnismo español actual, en palabras de otro ilustre desaparecido, Lázaro Carreter.

Cierto Concha, sin el airado rojo que trazaba líneas imaginarias de dignidad, nos hemos quedado (más) solos.

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1 comentario

jesúsb -

Cierto.
A partir de ahora el olvido de la guerra será más fácil. Para seguir recordando al dictador, incluso glosándolo, queda César Vidal.
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