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SOLLOÍNA

Suicidas

Hasta cuatro suicidios han sacudido en la última semana la tranquila vida de LPyV, Los Palacios y Villafranca en los mapas. Se suman a otros tantos de hace unos meses. Carezco de estadísticas, desconozco si son muchos o pocos en comparación con cualquier otra fecha anterior o con otros municipios. Pero parecen demasiados para una población que ronda los 35.000 habitantes. Dicen en el pueblo que las autoridades sanitarias se han alarmado y han comenzado a estudiar el asunto.

Esta es una villa pacífica, de fuertes raíces rurales, con una alta tasa de paro por la caída de la construcción, paliada en parte gracias a la economía sumergida y los vínculos familiares. No hay conflictos sociales ni aparentes causas externas que expliquen la sucesión de suicidios. Es más, multitud de niños y adolescentes pueblan sus calles. Aseguran que somos el segundo municipio de Andalucía con mayor porcentaje de población joven. Hay quien tira de humor y achaca al "agua que bebemos" tal cantidad de natalicios. De los suicidios se habla menos, salvo para recordar algún infortunio del finado. Por el pueblo corre el bulo, atribuido a algún experto policial aficionado, de que por cada suicida han de caer otros siete. Como si un alucinado pantocrátor desconocido hubiera de saciar su venganza sobre los débiles o los locos o los atrevidos. Porque la gente busca razones a lo que quizá sólo sea un trastorno mental -quizá pasajero, pero sin retorno- o medioambiental, como explicó Durkheim

A los periodistas nos enseñan y nos imponen después (no hay Manual de Estilo que no lo establezca como verdad científica) el mantra de que de los suicidios no se informa. Temen que la atractiva imitación lleve a otros a quitarse la vida. Menos cuando el muerto es una personalidad y entonces ocupa páginas de huecos por qués. Lo ha analizado Arcadi Espada, uno de los intelectuales españoles que más se ha preocupado del fenómeno:

"El periódico, siguiendo el comportamiento de la mayoría de medios, no considera que el suicidio sea noticia. Es decir, no lo equipara al asesinato, que es a lo que habría de equipararlo, si el periódico tuviera una mirada racional y no meramente judeocristiana sobre el asunto. El suicidio es una acto violento contra la vida, y no deja de serlo porque se trate de la vida propia. Su lugar informativo debe ser el mismo de cualquier otro acto violento. Aún más: el suicidio es un importante problema social, quizá el más importante de cuantos se silencian. Entre las peregrinas razones de cuantos se oponen a su difusión se alude al contagio de muerte, extremo no probado científicamente, y ya desechado por Durkheim. Pero que, en cualquier caso, no puede ser defendido por el periodismo sin que se le caiga la cara de vergüenza: ningún periódico silencia el suicidio de las personas famosas (ni siquiera el de los que se hacen famosos porque se suicidan, como en el caso de la desdichada hermana de la Princesa de Asturias), y no hay duda de que los suicidios de personas famosas son los que, en la verificación de la hipótesis, poseerían mayor capacidad de contagio".

En otro post más reciente, Espada matiza sobre el riesgo de contagio y llega a pedir una actuación similar a la emprendida contra los accidentes de tráfico con notable éxito.

"Los estudios más sensatos niegan esa relación mecánica aunque admiten la posibilidad de que determinados suicidios contribuyan a desencadenar en torno a ellos unas decisiones trágicas que tal vez se habrían producido igualmente, aunque más separadas en el tiempo. De todos modos la capacidad de proponer conductas se extiende sobre cualquier otra de las que diariamente los medios describen. Hasta confundirse con la vida, que es pura e idéntica imitación.

Las estadísticas sobre el suicidio son aún menos fiables que las convencionales. Y en cuanto a las razones del hecho hay aún muchos misterios científicos. Pero creo que la comunidad española, como otras, está empezando a rebelarse contra la tremenda evidencia de que cada año miles de personas mueran por su propia mano. La comunidad empieza a creer que debería hacerse algo para tratar de reducir esa cuota de muerte. La comunidad, o quizá sea sólo mi yo con ínfulas, no suele observar el suicidio como un acto de libertad suprema sino como una exigencia más de la peor tiranía, que es la muerte".

No hay explicación, por ahora, al hecho simple y dramático de que alguien decida suicidarse. Sin obviar los laboriosos procedimientos que requiere la horca o el largo y meditado paseo hasta el puente de una autopista a las afueras. Y todo para rendirse a "la peor tiranía"... 

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