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SOLLOÍNA

Domingo en diminutivo

La mañana está limpia, despejada, con sol y una ligera brisa a ratos fresca. Repican las campanas. Hay ambiente en las calles, los bares se llenan con gente que desayunan. Los católicos van a su misa de doce; yo, con la contractura a cuestas, a por los periódicos. El quiosco queda al lado de la iglesia. Llegan en familia, todos vestidos de domingo. Luego (los he visto cuando me he levantado más tarde) vuelven con los mismos problemas pero reconfortados, supongo: debe de ser un alivio eso de que hay un paraíso más allá de este valle de lágrimas, más si te esperan siete vírgenes como dicen los musulmanes. Derrapo.

La señora de la Prensa y yo hacemos la cuenta con los dedos. Sonreímos. Al regresar, una anciana del barrio me saluda: "Vaya usted con Dios". No sólo lo soy, sino que parezco mayor. En la panadería, niños que corretean y vecinas de cháchara. Una me pregunta: "Manolito, ¿cómo está la mama?" Y el diminutivo me devuelve por un instante a una infancia difusa. El calor aprieta superado el mediodía. Los coches rompen la calma en la avenida y  se oyen las voces de los han cambiado el café por la cerveza. El fútbol como debate universal. El Betis que arriesga el ascenso a Primera, el Barsa que avanza hacia el título de Liga. ¿Qué harán el Sevilla y el Madrid esta tarde?

Entro en casa de mi madre. La felicito: "Ay, mi Manolo". De pronto soy un adulto otra vez; o es que mi madre es muy mayor. Por allí corretea Blanquita, mi sobrina, que hoy cumple dos años y quiere vestirse de princesa. De momento lleva una camiseta sevillista que contrasta con las béticas del primo y de su hermano, que no termina de decidirse. Por si acaso, le obligan a quitársela: su padre es sevillista y no le haría gracia verlo con semejante disfraz. Aparecerá más tarde, la niña, feliz, con un vestidito de regalo. A almolzar, a la Cruz de Mayo de San Isidro. Hay arroz, pinchitos, filetes y cerveza. Amigos por los que interesarse. La vida es muy dura y cuesta sobreponerse. Unas chicas muy monas traen pasteles. ¿Un burro o dos para la romería?. Según cuánta gente subamos al carro. La vieja disputa entre la defensa del bicho, del hombre y los costes.

Queda la tarde. Visita del Arzobispo, que coloca la primera piedra de un nuevo templo ante un buen puñado de fieles; yo veo el fútbol en el bar de siempre. Una copa, dos, tres. El Sevilla y el Madrid ganan. La brisa puede a los restos de sol y es hora de pensar en que pronto vendrá el lunes y en que habrá que fichar a las siete. La cuesta de otra semana de trabajo y decidir lo del jodío burro y nueva jornada de liga el miércoles y esperar al viernes...

Sobre el sofá, Raymond Carver me mira desde la portada de Principiantes, el texto original de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Me consuela saber que sobrio fue un genio de la literatura y borracho, víctima del realismo sucio. Pero de Carver escribiremos en otro momento. Ya es de noche. 

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2 comentarios

Rosario Álvarez Sánchez -

Me encanta leer cosas como estas.No me he especializado en Crítica Literaria,pero como amante de la literatura,no sé si será muy pretencioso por mi parte pensar que aquel chaval de 15 ó 16 años tenía madera de poeta.Gracias por regalarmos estas magníficas pinceladas de la vida cotidiana¡BUENAS NOCHES,MANOLITO!

Anónima -

...Que no es un burro, que es un mulo!!! O mejor dos!!!
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