Blogia
SOLLOÍNA

Lectura

Lectura

Que los niños se acerquen a las librerías;

que corran atolondrados por sus pasillos como en una tienda de chuches;

que se reencuentren con los silencios de las sílabas como en un viejo teatro;

que acaricien los lomos de los libros con reverencia y temor, como cuando descubrieron el sexo compartido;

que abran un texto al azar y, en el asombro, confundan ficción y faction, como cuando equivocaron el primer amor;

que recuerden con el coronel Aureliano Buendía, "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento", "aquella remota tarde en que su padre lo(s) llevó a conocer el hielo";

que indagen en los misterios del Cuaderno Gris y en el olor a tinta de quien transcribió de Belmonte el "se torea como se es";

que inviertan el hilo sobrante de botellonas y preservativos en unas tapas blandas de bolsillo que quizá guarden el tesoro del alumbramiento;

que ahorren por si nos les alcanza para las obras maestras de un genio irrepetible.

Y aún así, en caso de apuro, porque uno entiende que los vicios son caros, pueden acudir prestos a la biblioteca más próxima y asomarse al escote de la historia a través de las altas galerías.

Para que los niños alimenten sus insomnios entre el sexo por llegar y las luces por venir, atormentados a veces, asombrados otras, siempre alertas entre los ignotos pasadizos de la condición humana, envueltos en el mecano de las palabras, en la tersa caricia del papel.

Y se hagan adultos confiados en el afán del conocimiento, contemplando lo que les queda por leer, agradecidos por lo que nunca sabrán.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres