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SOLLOÍNA

¿Boomerang hacia España?

Mientras esperamos con aprensión el más que probable rescate económico de España por los hombres de negro de la Unión Europea, paseamos por la crisis, orígenes y consecuencias, de Islandia, Grecia, Irlanda y el Estado de California, con parada y fonda en Alemania, de la mano del libro “Boomerang. Viajes al nuevo tercer mundo europeo”, del periodista norteamericano Michael Lewis, al que apuntamos unos datos de nuestro país para que vaya haciendo las maletas. Es un texto largo, pero es que todo es muy complicado.

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Ahora que se da por hecho el inminente rescate económico de España, sea suave o salvaje, tenga o no costes añadidos, que los tendrá sin duda, es conveniente conocer qué, cómo, por qué les pasó a otros lo que está a punto de pasarnos a nosotros, tal vez con las mismas lamentables, dolorosas e indignantes consecuencias. De los análisis que están a mi alcance uno de los más ilustrativos es “Boomerang. Viajes al nuevo tercer mundo europeo” (Editorial Deusto), en el que el periodista Michael Lewis recopila y reedita una serie de reportajes para Vanity Fair sobre la crisis, o mejor, las crisis (cada una tiene su origen, sus peculiaridades, sus efectos y sus cadáveres, aunque todas concluyan en la mayor desesperación y pobreza de sus ciudadanos) que han azotado y azotan a Islandia, Grecia e Irlanda, sin pasar por alto la actuación de Alemania y la quiebra de muchos gobiernos locales y estatales de los Estados Unidos de América.

En unos tiempos en que el periodismo anda a la búsqueda de su identidad entre las tecnologías y las audiencias, Lewis aflora como uno de esos profesionales norteamericanos especialistas en hechos, y de los mejores. Profesor en la Universidad de Bekerley, editor de Vanity Fair y colaborador de The New York Times y Bloomberg, sabe de lo que escribe. Contó sus años de bróker en el desaparecido banco de inversiones Salomon Brothers en “El póquer del mentiroso” y en su gran obra, “The Big Short”, reveló cómo un grupo de inversores se hicieron millonarios apostando contra el mercado de las hipotecas subprime en EE.UU. Los mismos, o casi, que olieron la pestilente certeza de que si los Estados asumían las ingentes deudas de sus bancos rotos, cavaban su propia tumba. 

La ambición de casi todos

Y volvieron a manipular los mercados para seguir engordando sus cuentas, sólo que ahora el disparate afectaba a naciones enteras, llenas de vecinos más o menos ingenuos y traviesos (de los que piensan que endeudarse alegremente y no pagar IVA es una forma de cobrarse la extraña deuda que la sociedad tiene con ellos) y de íntegros especuladores, al menos hasta ese momento. 
Este es el arranque de “Boomerang”, y como lo que sigue, va salpicado de mis propios pareceres. Lewis no moraliza ni dicta doctrina. Viaja, entrevista a líderes, habla con la gente, coteja datos, analiza y expone; a veces con humor, otras con ironía en algún caso incluso con maldad. Desde el prólogo advierte de que “desde 2002 se había producido una especie de boom falso en los países ricos y desarrollados. Lo que parecía crecimiento económico era un movimiento propiciado por gente que aceptaba dinero prestado que probablemente no podría permitirse devolver”. La deuda pública había pasado de 84 billones de dólares a 195. 

Dirigentes y ciudadanos de casi todo el planeta querían más, mucho más de lo que podían alcanzar y asumían –o se despreocupaban de- las dificultades futuras de un presente tan alegre como aquella locura de la Belle Époque entre dos guerras mundiales. La ceguera de muchos y la ambición de casi todos rompió el saco: “Una de las causas que hay detrás de la actual crisis financiera global es que la gente que la vio venir podía sacarle más provecho adoptando posiciones cortas que intentando dar a conocer el problema”.

La primera cita del reportero nos lleva a Islandia, un país que en 2008 ocupaba el número uno en el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas. Lewis nos cuenta cómo toda una nación de apenas 300.000 habitantes, de gente muy adinerada, culta e históricamente prudente se las había ingeniado para cometer una de las mayores locuras de la historia financiera. La mayoría de sus hombres dejaron la pesca y se convirtieron en banqueros de inversión. En tres años, de 2003 a 2006, habían triplicado su riqueza, tres de sus bancos operaban a escala mundial y retaban a Estados Unidos y a quien se pusiera por delante. Cuando todo explotó, la deuda ascendía al 850% del PIB y en el reparto de pérdidas a cada islandés le correspondían 330.000 dólares. “Ahora muchos islandeses (los jóvenes en especial) tienen en propiedad casas que valen quinientos mil dólares con hipotecas de un millón y medio y Range Rovers de treinta y cinco mil dólares comprados con préstamos de cien mil dólares”. 

Banqueros sin experiencia sacaban del extranjero decenas de miles de millones en préstamos a corto plazo. Luego volvían a prestarse ese dinero a sí mismos y a sus amigos y con este capital ficticio compraban activos con unos valores inflados. “Dado que los activos de todo el mundo estaban subiendo (en parte porque personas como los islandeses pagaban precios desorbitados por ellos), parecía que ganaban dinero”. En esa orgía capitalista participaron, cómo no, bancos alemanes y británicos, de los Países Bajos o Suecia. Hasta la Universidad de Oxford perdió 50 millones de dólares. “Cuando solicitas préstamos por un montón de dinero para crear una prosperidad falsa, estás importando el futuro al presente. Pero no tanto el futuro verdadero como una grotesca versión de silicona del mismo”. Los islandeses han regresado a la pesca y han dejado la gestión del país en manos de las mujeres, más cautas a la hora de gastar.

El país de los engaños

“E inventaron las mates”. Con esa frase irónica, lapidaria y cruel titula el reportaje sobre Grecia, el país donde todos engañan a todos. Nadie contabilizaba lo que realmente gastaba el Estado y así se pasó de un déficit previsto aproximadamente en siete mil millones de euros a más de treinta mil millones, de poco más del 3% al 15%. Es la misma cantidad que los bancos habían prestado al Gobierno griego, lo que lleva a Lewis a concluir que “en Grecia los bancos no hundieron al país; el país hundió a los bancos”. Mientras tanto, ninguna autoridad europea supervisó los datos que aportaban los dirigentes griegos. Quizá porque ya en 2001 Goldman Sachs, uno de los grandes bancos de inversión mundiales, les ayudó a manipular las estadísticas para ocultar su verdadero nivel de endeudamiento y facilitar el ingreso de Grecia en la UE del euro; a cambio, la entidad norteamericana cobró 300 millones de dólares y prestó al país otros mil millones. (Entre sus empleados estaba el actual presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi).

Lewis hace un retrato aterrador de la sociedad griega: “Recaudadores de impuesto que se dejan sobornar, el sistema de enseñanza pública tiene cuatro veces más profesores por alumno que el mejor valorado, Finlandia, pero hay que dar clases particulares; los suministros desaparecen de los hospitales; los ferrocarriles nacionales ingresan cien millones y cuestan 700 –de ellos, 400 en nóminas-; no existe Registro de la Propiedad, lo que favorece el mercado negro. La jubilación en empleos duros es a los 55 años para los hombres y 50 para las mujeres, pero esa calificación la tienen 600 profesiones, entre ellas, las peluquerías. Nadie paga impuestos, salvo los asalariados: un pleito por fraude fiscal tarda hasta quince años en resolverse. “La epidemia de mentiras y estafas hace que la vida civil sea imposible; el colapso de la vida civil lleva a más mentiras, estafas y robos. Al carecer de toda confianza entre ellos, los ciudadanos se refugian en la familia o en sí mismos”. El país “funciona como un grupo de partículas atomizadas, cada una de las cuales se ha acostumbrado a mirar por su interés a costa del bien común”. Pero además, si Grecia no paga hundirá a cuantos le han prestado dinero y dejará el camino expedito para la caída de España e Italia.

“El pecado original de Irlanda” se resume en este par de frases: “Incluso en una época en que los capitalistas hicieron lo indecible por destruir el capitalismo, los banqueros irlandeses habían batido una especie de record de destrucción. (…) El macho irlandés empleó dinero extranjero para conquistar Irlanda”. Pasaron del atraso y la pobreza a la riqueza sin estaciones intermedias, y en el éxtasis se olvidaron de reglas y controles. Nadie cuestionó nada: estaba en juego el amor a la patria y el osado espíritu irlandés. Como en España, en el origen fue la construcción. Y como en Grecia, aquí también había un despacho norteamericano para engañar a propios y extraños: “El gobierno tenía un informe que Merrill Lynch acababa de sacarse de la manga, que manifestaba que “todos los bancos irlandeses son rentables y están bien capitalizados”. 

Paga el Estado

La compañía norteamericana, desde 2008 en poder del Banco de América que la salvó del hundimiento de las hipotecas subprime, cobró siete millones de dólares. Irlanda era campo abonado: “Todo el país se había convertido en una subprime”. Lewis recuerda la antigua norma financiera que dice “que si le debes al banco cinco millones de dólares tienes un problema, pero si le debes cinco mil millones, el problema lo tiene el banco”. Lo más llamativo del caso irlandés es que el Estado ha asumido la deuda privada generada por la pésima gestión de sus banqueros; serán sus ciudadanos los que paguen. 

El reportaje sobre Alemania alaba la prudencia germana: controlaron los gastos y el sector público, el precio de la vivienda se mantuvo, su gente no pedía créditos al consumo, pero… “desde el boom los banqueros alemanes hicieron lo indecible por ensuciarse. Prestaron dinero a los prestatarios norteamericanos de las subprime, a los magnates irlandeses del sector inmobiliario, a los potentados islandeses de la banca para que hicieran cosas que ningún alemán haría jamás (…) En su propio país estos banqueros aparentemente dementes se comportaron con mesura. El pueblo alemán no les permitía actuar de otra manera”. Lewis añade otra explicación al compromiso germano con la Unión Europea: “Para los alemanes el euro no es solo una moneda. Es un recurso para ahuyentar el pasado. Es otro monumento conmemorativo del holocausto”.”

“Boomerang” termina con el análisis de la quiebra de muchas administraciones locales norteamericanas, obligadas a reducir al mínimo servicios elementales, como policías, bomberos o servicios sanitarios, y la del Estado de California. Su ex presidente, el actor Arnold Schwarzenegger, explica a Lewis sus infructuosos intentos de poner un poco de orden en las cuentas. Con menos pedigrí mediático, Phil Batchelor, alcalde de Vallejo, ciudad californiana de más de 120.000 habitantes que se declaró en bancarrota en 2008, pone algo de cordura: “Mi política ha sido no importarme de quien es la culpa. Teníamos que cambiar (…) Todo dependen de la gente –me dijo-. Si a las personas se les enseña a respetarse mutuamente, a ser íntegras y a aspirar a la excelencia, las culturas cambian. Pero es necesario que la gente quiera cambiar. Cuando la gente cede en contra de su voluntad, sigue pensando igual que antes. - ¿Cómo se cambia la cultura de una ciudad entera? –le pregunté. - Antes que nada haciendo introspección – me contestó”.

Pero modificar las conductas... Si no es fácil cambiar la cultura, que es un elemento exógeno a las personas, muchísimo más complicado es modificar la naturaleza humana. El neurocientífico Peter Whybrow, autor de “Obsesión americana”, precisa que a los largo de cientos de miles de años el cerebro humano ha evolucionado en un entorno caracterizado por la escasez. “Ante la abundancia, los antiguos senderos del cerebro que conducen a la recompensa son difíciles de reprimir. En ese momento el valor de comer pastel de chocolate excede al valor de la dieta. Cuando tenemos delante el pastel no podemos pensar con claridad”. La opinión de Whybrow lleva a Lewis a concluir que “mire uno donde mire, ve a norteamericanos sacrificando sus intereses a largo plazo por una recompensa a corto plazo”. Pero el neurocientífico advierte: “Si nosotros nos negamos a autorregularnos, el único regulador que queda es nuestro entorno, y el modo en que éste nos haga pasar privaciones”. 

El agujero español

Hasta donde sé, el periodista de Vanity Fair no ha visitado España. Igual si se produce el anunciado rescate, aunque le supongo más interesado en las elecciones de su país (donde, por cierto, y salvo algunos sectores del Partido Demócrata, se trabaja activamente por el hundimiento de un euro que en sus mejores momentos ha amenazado la hegemonía tradicional del dólar). Por si acaso, vamos a adelantarle algunas cifras a Lewis: La deuda pública española llegó en el segundo trimestre de este año a los 804.388 millones de euros por primera vez en la historia; supone el 75,9% del producto interior bruto (PIB). La rentabilidad de la deuda de España a diez años subió 70 puntos básicos hasta el máximo del 7,6 % el pasado 24 de julio. En el caso de bonos a corto plazo, el incremento fue mayor de 170 puntos básicos para los bonos a dos años hasta el 6,8 % también a finales de julio. España ya ha pedido un rescate de hasta 100.000 millones para recapitalizar su sector financiero, lo que provocará un fuerte aumento de la deuda este año.

La última Encuesta de Población Activa sumaba 5.693.100 parados, el 24,63% de los ciudadanos en edad de trabajar, algo por encima de la anterior cota histórica cifrada en el 24,55% que se alcanzó a comienzos de 1994, durante la anterior crisis. El desempleo entre los menores de 25 años subió al 53,28%. Hay más de medio millón de hogares sin ningún tipo de ingreso. El ministro de Economía anuncia que si la situación no revierte en los próximos meses y no hay crecimiento, no se podrán mantener las prestaciones sociales.

Desconozco qué concluiría Lewis, pero un intelectual moderado como Vicente Verdú ha declarado recientemente en Diario de Sevilla que no descarta “revueltas sociales de una magnitud revolucionaria”. Estamos a tiempo de evitarlo: buscar y adoptar soluciones está en manos de nuestros dirigentes políticos y económicos; y en las de todos, levantar el presente y poner las bases del futuro. Lo ha escrito Enrique de Sendagorta Aramburu, presidente de honor de la empresa de ingeniería Sener: “Cuando se trabaja hombro con hombro, cuando hay determinación para lograr un objetivo común, se produce naturalmente la unión de las personas y se superan sus diferencias. Toda empresa debe ser una comunidad sin fricciones inútiles. Salir de la crisis es un reto colosal que requiere del emprendimiento coordinado, unido, cómplice, de todos los españoles”. Y como concluye Lewis: “Por tonto que a veces pueda parecer el optimismo, tiene la rara costumbre de dar buenos resultados”.

Septiembre de 2012. Publicado en Manchonería
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