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SOLLOÍNA

Fugacidad

Por el paso de cebra, de espaldas.
Firme. Altiva. Presurosa.
Como si dominara un mundo
de cartón piedra.

¿Y si la sonrisa primera se le tornó en lágrima?

6 comentarios

Anónimo -

Me conmueve la intimidad con la que se expresa Esther, lo que dice mucho sobre las posibilidaddes de este blog. Más si uno cree que el sollismo sólo ha tenido un rapto de envidia fugaz al ver una maciza en un paso de cebra para que la fue absolutamente invisible. Sólo le quedó la espalda, y no parece como muro, sino como memoria. Cita el anfitrión al insigne poeta inglés: Negra espalda del tiempo. Lo demás es sexo inacabado. Y releida, también poesía, ya ven: el llora, ella llora. Qué historia tan triste.

Anónimo -

cuanta poesía, qué delicadeza

Adefesio -

Qué más quisierais. Yo he visto lágrimas, incluso de cocodrilos. Pero es cierto: nosotros también lloramos. Aunque hay espaldas en las que sólo puedes ver un enorme culo orondo que se fuga por el sumidero de la ciudad. Sin motivos para tanta altivez.

Esther -

Ella pensó: ¡A ver si me he quitado de una vez a este plasta de encima!.

Las mujeres desaparecemos a voluntad y sin lágrimas. Vosotros seguís imaginando (deseando quizás) que lloramos en silencio.

It´s the end. Adios y punto. Sin más lágrimas que las que contiene el que se despide y vigila la espalda huérfana, sola; o deseando estar sola de una vez sin esos ojos repetidos que persiguen su espalda, inquietando o amenazando.

¡Qué extraordinariamente ciegos y sordos son los hombres!

Él no admite llorar. Desea que ella llore. No hay lágrimas. Sólo la espalda como un muro infranqueable.

herejemías -

gran poeta parece Anónimo.
Intuyo su latido. Sesgo semántico. Su sollismo intrínseco. Creo que procede de la Córdoba de los magos.
¿Lo incluirá el autor en su Artaud particular?

Anónimo -

ARQUITECTURA DEL ABISMO

Todo es droga –dice Michaux en Plume- para quien escoge vivir en el otro lado.
Quizá el mundo, este mundo en el tiempo, no esté hecho para el ser humano, quizá esté concebido por “otros” para “otros”.

La literatura de Michaux evoca la fuerza, la energía, la materia por la que siempre giran las grandes rutas de los circuitos espaciales. Un espacio con un universo central –no creado en el tiempo- con afinidad a lo eterno, sin principio ni fin, rodeado de cientos de miles de esferas cosidas a manchas o cuerpos oscuros en gravedad.