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SOLLOÍNA

El presente del pasado

...según Antonio Muñoz Molina, en "Relatos del pasado" (El País, 30 de marzo de 2005).
Comenta las películas El hundimiento, alemana, sobre los últimos días de Hitler, y La mejor juventud, italiana, sobre el terrorismo de las Brigadas Rojas. Y lo lejos que España está de estos consensos básicos sobre el pasado.

¿Serán posibles películas así entre nosotros? Haría falta quizás un relato del pasado sobre el que estuviéramos de acuerdo, y también una convicción más o menos colectiva de que en ese relato la verdad más amarga es preferible a la mentira consoladora y quizás edificante, y que las mitologías novelescas sobre el origen colectivo merecen el mismo respeto intelectual y pertenecen a la misma charlatanería idiotizadora que las cartas astrales.

La ficción es un grado supremo en la codificación de la experiencia que viene mucho después que las investigaciones históricas, cuando el acuerdo sobre lo que sucedió en el pasado común tiene un grado semejante de coherencia al de la concordia que limita las legítimas discrepancias sobre el presente y las versiones diversas sobre el porvenir. Se trata de un acuerdo limitado y modesto, revisable, sometido al escepticismo y a la desgana, como casi todas las rutinas que sostienen la vida, pero da la impresión -al menos cuando se sigue la actualidad política, hecha a la vez de sobresalto y de tedio- de que es un acuerdo cada vez más difícil en España. Los historiadores, desde luego, han hecho y hacen su trabajo, pero los resultados de sus investigaciones no parece que se filtren a la conciencia pública, y menos aún a las versiones de la historia que se cuentan en las escuelas o que se intercambian arrojadizamente en el debate político. Quizás no hay manera de edificar ficciones nobles sobre la Historia cuando la Historia permanece confundida con la ficción, con los relatos halagadores que cada grupo inventa para dotarse de un pasado romántico, libre de culpa, ungido de ese victimismo inocente que con tanta entereza se negaba a sí misma en su vejez la secretaria de Hitler. En un país donde se tarda treinta años en retirar las estatuas del dictador, ¿cómo sería posible hacer una película en la que se retraten los extremos bien documentados de su sadismo y de su vulgaridad, de su catolicismo de rosario y mesa camilla y zapatillas de paño y de la frialdad con que siguió firmando penas de muerte cuando ya el Parkinson le sacudía las manos con un temblor decrépito? El relato de la derecha sobre la guerra se parece al de las películas en blanco y negro de los años cuarenta: el de la izquierda, muchas veces, no pasa de la complacencia ignorante de películas como Libertarias o Tierra y libertad, en las que el grado de complejidad política y de intensidad moral no es mucho más elevado que el de un desfile de moda. En la ficción de La mejor juventud, el personaje atormentado de la mujer que pasa muchos años en la cárcel por haber pertenecido a las Brigadas Rojas sigue expiando su culpa y su vergüenza -la responsabilidad de sus actos- aun después de recobrar la libertad, y se esconde en el anonimato de unas gafas negras: sin duda ese desenlace es mucho más verosímil que el que suele ser habitual en la realidad española, donde hay asesinos que se ufanan impunemente de sus crímenes y ostentan cargos políticos y condecoraciones ciudadanas. La Guerra Civil española terminó seis años antes que la guerra de Hitler, pero la lejanía en el tiempo parece añadir confusión en vez de claridad: ya no fue un asalto militar y fascista contra un régimen legítimo ni una guerra de clases, ni un episodio lateral en la gran guerra civil europea del siglo XX, sino una pérfida agresión de los españoles contra los vascos, o de los madrileños contra los catalanes. Y nadie admite que los suyos tuvieran algo de culpa en el desastre colectivo, o que la clarividencia sea más necesaria y más valiosa que los embustes fabricados para proyectar hacia el ayer el narcisismo del presente, el confortable victimismo que lo disculpa a uno de cualquier responsabilidad sobre sus actos y le hace merecedor de cualquier privilegio. Hay ficciones tóxicas que suplantan la realidad y difunden el delirio, y ficciones severas que explican e iluminan el mundo. Saliendo del cine, en una ciudad española, después de ver El hundimiento o La mejor juventud, cuando uno compra el periódico y vuelve a casa y mira las noticias, tiene la rara sensación de que era en la sala oscura donde ha visto la realidad, y de que a la luz del día es donde lo asaltan y lo marean los espejismos, donde el pasado y el presente son igual de confusos y la verdad y la mentira no pueden distinguirse, las dos infectadas por el mismo grado de inverosimilitud.


Extraido del Nickjournal del blog de Arcadi Espada, donde puede leerse completo.
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