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SOLLOÍNA

Cuatro vidas

Cuatro personas se han suicidado en un par de semanas en el pueblo, de apenas 36.000 habitantes.

Cuatro muertes que comenzaron con la de aquel chico del quiosco que me vendía los sábados, a urtadillas hurtadillas, el suplemento de El País para asegurarme el periódico del domingo. Un joven afable, tranquilo, algo taciturno, con el que apenas intercambiaba el saludo.

Cuatro muertes que acaban con un joven de 33 años, casado, con una vida normal, aunque un poco raro, al decir de la gente.

"Hace mucho calor", sentencia mi compadre. Y los 40 grados a la sombra se convierten en una amenaza mortecina. Pero no.

"La empatía", apunta otro. Y recuerdo el rechazo de Arcadi Espada a la prohibición de los medios de informar de suicidios, tan querida a tantos compañeros, para evitar el efecto contagio, alegan. (Salvo si el fallecido es famoso y ayuda a vender la mercancía). Pero tampoco. 

De joven me fascinó el personaje de Vladimir Maiakovski, el poeta revolucionario ruso que se suicidó a los 37 años de un disparo en la cabeza. Un arte, el futurismo, incomprensible para la vanguardia del proletariado. La presión de la burocracia soviética contra el izquierdismo pequeñoburgués. Problemas personales. No. No. No.

Vivir es mucho más que todo eso.  

Deben de haber otras razones en esa pulsión misteriosa que empuja a alguien a quitarse la vida.

Pero desconozco qué desbarajuste neuronal puede llevarte al borde del precipicio y saltar.

Qué arrebato, qué lucidez, qué desvarío. 

(Hay noches, en el balcón, al tirar la colilla del cigarro, en que la mano cuelga en el vacío y los ojos bailan tras el humo y todo es incomprensible. Tendré que respetar ese vértigo). 

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