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SOLLOÍNA

El "Ulises" de Olga

El "Ulises" de Olga

¿Y si aparcara todas las novedades editoriales acumuladas en los últimos meses y me decidiera, al fin, a emprender una lectura reposada, detenida, luminosa del “Ulises”, de Joyce, en la prestigiosa traducción de José María Valverde? La primera edición fue de Lumen, pero en mi biblioteca han reposado durante más de 30 años, con asaltos periódicos y más o menos fructuosos, los dos tomos de la publicada en bolsillo por Bruguera-Libro Amigo. Su minúsculo tipo de letra violenta mi vista cansada, que, pese a las gafas de apoyo, se ha despeñado una y otra vez por la dificultad agreste del texto que narra la jornada del 14 de junio de 1904 en la vida del judío dublinés Leopold Bloom.

Aquella edición popular me la regaló Olga Sancha, compañera de estudios, amiga burgalesa, en la lejana festividad de mi vigésimo cumpleaños. Así consta en la calidez de su dedicatoria, en el trazo feliz de la firma, en la fecha inapelable: 17-12-1980. Día que trae al presente el Madrid atareado de los descubrimientos y la Movida, que, al cabo, desteñían los sueños sobre las paredes desconchadas de mi pensión y aliviaban los rigores de su residencia estudiantil de señoritas. 

Olga, objeto de aquella broma banal de llamarla Dilga, sin cuyos ordenados y meticulosos apuntes de clase jamás hubiera terminado con bien la pomposa carrera de Ciencias de la Información, que devenía en nota a pie de supervivencia cuando se le añadía “Especialidad en Periodismo”. Olga, que jamás sería –no conmigo- Molly Bloom, sino atenta madre meticulosa, alumna responsable y aventajada, modelo de avispa que contoneaba su procaz inocencia ante tiburones televisivos. Olga, de la que estos días he sabido que es doctora en Ciencias de la Cosa, que se casó y vivió en Tenerife y cuya pista pierdo en una oferta de trabajo fechada en Viena. A la coqueta y pizpireta chica que yo conocía, de traviesos mohínes de colegio de monjas, le habrá encajado como sus finos y ajustados trajes de entonces la señorial capital del Imperio austro-húngaro. 

Regresa Olga como un desusado monólogo interior para reprocharme la tardanza y alentar la decisión: que al fin es tiempo de que emprenda ese viaje a la búsqueda reveladora de mi mismo, que es también la de todos los hombres, en el inmortal Ulises y abreve en esa Molly, embriagada y enamorada de Leopold, quizá no tan distinta en sus sueños y esperanzas a la Olga de mi memoria, que cierra la obra colosal de Joyce con estas palabras que alumbran la mejor literatura: 


“Y aquel abismal torrente y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí”. (Traducción de Francisco García Tortosa).

 

 

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