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SOLLOÍNA

De la pérdida del móvil

Estimados todos. Si necesitan localizarme tendrá que ser a través de teléfonos fijos (mantengo los habituales), móviles de gente cercana (y no siempre), correos electrónicos, mensajes privados o públicos en Facebook o Twitter (cuando pueda verlos), epístolas y cartas por correo ordinario (con el consiguiente retraso) o similares. (Pues no me quedo tan aislado como imaginaba y a veces querría). Ayer tarde perdí mi recién adquirido celular (término adquirido en mi asiduo contacto con melosas operadoras sudamericanas), un Samsung Galaxy Ace. Es un modelo antiguo para los modernos de las últimas generaciones tecnológicas, pero yo le había cogido cariño: nunca antes  había tenido un aparato con acceso a internet, guasa y otras prestaciones sin las que he podido vivir 50 años y ahora me temo que echaré de menos: nos estábamos conociendo con mutuo interés, lo que dada mi calamidad con estos cachivaches no es poca cosa, y le había comprado un caro envoltorio protector. Probablemente ocurrió al bajarme del coche en la calle Juan Ramón Jiménez, en las proximidades de la trasera del Bar Manolo, en Los Palacios y Villafranca.

La posibilidad de encontrarlo se difuminó a las pocas horas de darme cuenta del extravío, tras volver a pasar por las mismas calles y bares, y mirar bajo-entre los vehículos y preguntar a camareros varios.  A las primeras de cambio no recibía llamadas, lo que nos hizo aventurar que ya le había sido arrebatada la tarjeta sim (o como quiera que se denomine el artilugio que hace funcionar el invento). La esperanza de que algún alma cándida me lo devuelva duró aún menos: conocéis que mi confianza en la naturaleza humana se resume muy a menudo en defenderme de la lamentable certeza de que, como dice Arturo Pérez-Reverte (y eso por buscar una cita de autoridad), “el hombre es un hijo de puta para el hombre”.
 
Ahora espero que me envíen una nueva tarjeta y decidirme (de momento no estoy por la labor) a comprarme otro cacharro. Estaré un tiempo sin telefonía móvil (sin negar del todo su utilidad, parto de que el que te busca te encuentra y una vez que ando todas las tardes, tampoco tengo el más mínimo interés en hablar al trote con el más allá). Claro que si a esta pérdida sumo que en las últimas semanas he tenido que pagar dos multas (una por el Puente del Quinto Centenario, a la mayor gloria de las arcas estatales; otra al pasar un semáforo en rojo en la Avenida Carlos III de la Cartuja, para alegría de Zoido: ambas con hermosas fotos de mi vehículo recién restaurado tras un golpe prenavideño); si sumamos, digo, entenderán ustedes, amigos todos, que me haya echado a temblar por el mero anuncio de que hay científicos que andan buscando un cuerpo humano al que preñar para resucitar al homo neardental. Es de lo poco que me va faltando.

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