Un legado contradictorio

Quería un catolicismo orgulloso y comprometido con su tiempo, participante en la sociedad sin miedo a las acusaciones de injerencia.
Tampoco admitía veleidades internas. Cercenó todas las posibilidades de apertura que sembró el Concilio Vaticano II, al que el catolicismo integrista achacaba el retroceso eclesial. Riguroso en su condena de la Teología de la Liberación, potenció grupos integristas como el Opus Dei, Comunidades Neocatecumenales, Comunión y Liberación o Legionarios de Cristo. El cardenal Ratzinger ha vigilado con mano férrea cualquier desvío doctrinal. Negativa radical a la activa participación de las mujeres. Cerrazón ante cualquier avance social: sea la investigación científica, el aborto, el uso del preservativo, la homosexualidad. La voluntad de Dios. Rezo y abstinencia. Decisiva fue su contribución a la caída del muro del Berlín y el hundimiento del régimen soviético.
Destruido el comunismo cargó, ya con más mesura, contra el economicismo liberal y la liberalidad democrática. Su independencia política le llevó a oponerse a la guerra de Irak y a las agresiones israelíes contra los palestinos. Nunca cejó en el empeño no sólo de hacer oir la voz de la Iglesia, sino de dar a sus postulados legitimidad social e incluso jurídica. Pero perdió su última batalla política: el intento de incluir una referencia al catolicismo en la Constitución Europea.
Foto: web oficial del Vaticano
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