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SOLLOÍNA

El Apocalipsis

El ex presidente del Gobierno, José María Aznar, ha arremetido de nuevo contra el Gobierno de Zapatero con frases de este tipo: la izquierda española es la más ultra de Europa, la única del mundo que no cree en su propia nación. [Eso sí, de Gallardón no habla].

Éstas son algunas de las frases que destacan en Faes, la fundación que Aznar preside:

* “En marzo hay que elegir entre confianza y desconfianza, fiabilidad o falta de fiabilidad, entre libertad o coacción, entre respeto a la verdad o engaño sistemático, entre igualdad ante la ley o privilegio”.

* “La izquierda descreída combate la idea de Nación española. Ha inventado falsas naciones sin otro objetivo que socavar la única Nación verdadera, la española”.

* “Porque los dirigentes políticos de izquierda más ultras de Europa, los de nuestro país, parecen incapaces de aprender de los errores. Ya se equivocaron cuando se tomaron la justicia por su mano con los terroristas, y se siguen equivocando ahora, cuando han pretendido aplicar la injusticia de la impunidad o han autorizado que los terroristas ocupen las instituciones democráticas, además de humillar e insultar a las víctimas del terrorismo, algo que ningún gobierno hizo nunca antes” 

Son palabras de Aznar en un homenaje a uno de los padres del conservadurismo español, Antonio Maura.

Pero Soledad Gallego-Díaz, periodista de El País, ofrece en su columna de hoy, Esto no es todo, señores, otra percepción de las fuentes ideológicas que inspiran al ex presidente y a un poderoso sector del Partido Popular.

"La fuerza que está tomando esta corriente dentro del PP es quizás el fenómeno más importante de la derecha española. Es con esa corriente neocon, precisamente, con la que sueña con conectar la jerarquía de la Iglesia católica, en una fórmula a la estadounidense, que ha sido ajena hasta ahora al PP (no está representada por ejemplo en sus programas electorales), pero que algunos dirigentes populares están tomando ahora más en consideración. Sobre todo, porque la Iglesia le ofrece a cambio, igual que en Estados Unidos, una red de telepredicadores mediáticos, representada en la Cope".

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1 comentario

Roberto -

LA LIBERTAD DE LOS ÚLTIMOS






El nacionalismo es una enfermedad. El culto a la bandera es una enfermedad. El culto a un dogma es enfermedad, igualmente enferma es la religión organizada.

El deseo de poder, de dinero, crea mentes asesinas. Conlleva la guerra.
Codicia y envidia son hijas de ese mismo deseo.
Quienes hablan de paz hoy, mañana se sentarán para hacer antagonistas.
Los ideales nos alejan de lo que en realidad “es”. La paz no es un ideal, es una responsabilidad de los seres humanos.
Para la paz no son necesarios los ideales, las alianzas de civilizaciones, sino empezar una vida sin ideales. Tenemos que amar más para darnos cuenta de todo ello.
La búsqueda de seguridad psicológica y física son caminos de la destrucción.
No hay seguridad psicológica. Hay necesidad de revolución interna.
Ninguna patria nos dará la paz. Sólo nosotros mismos.







La mente se entrega a las ilusiones. Es su destino primario, aunque algunas “mentes” científicas creen que esa es su singularidad.
La mente obsesiva de algunos gobernantes del mundo ha conducido a estados en guerra continua.
Es curioso que todos sepan explicar las guerras, qué las producen, qué las alimenta. Pero esa hermenéutica no impide la guerra.
La redención ha de venir del interior, no de las palabras.





El aislamiento, alejarse de los que nos perturban la paz, no conduce a caminos de serenidad.
Bien mediante las ideas o físicamente –recluirse en un monasterio- aislarse es encerrar la mente en una sola idea.
La serenidad mental viene de la comprensión de la vida. No de su significado.
Del mismo modo que el pensamiento en sí no puede ser creativo, podrá ser expresión de la capacidad creadora, pero en sí, el pensamiento, no es creativo.

En el silencio de Buda, por ejemplo, la serenidad carece de imaginaciones.
Carece de pensamientos. Es un estado de creación pues ha reconocido y comprendido en su estado último todo el proceso del “Yo”, su naturaleza, no distinta de la vacuidad.
Esa serenidad que escruta lo eterno, nos conduce, más allá del tiempo, al estadio ulterior a la confusión de las cosas, es decir al abandono de la acumulación, estados acumulativos a que sometemos la mente desde lo que creemos que somos y su ilusión histórica –desde la Ilustración a la Posmodernidad-.

Buscamos un sentido a la vida y olvidamos el propósito de ésta, que no es otro que vivir su propio sentido.
Esto descontenta a sabios y doctores, que viven una vida llena de repeticiones, monótona, que les hace no poder rebasarse a sí mismos. Es entonces cuando se preguntan por el sentido, y otros sentidos, de la vida.

Si la mente es torpe, el objeto encontrado siempre será torpe.




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